No sé, pretendí esconderme en el baño público para huir, confundirme algunas horas con la nada y, ahora, trato de explicarme los olores compartidos en este cubículo. El juego acaba denostando las esquirlas del otro contiguo y sus tufos en medio del desatino, tan personales, tan únicos. Sé que los olores nunca se repiten, así son los baños públicos, un último chance para seguir avante en el día. En hilera, pies honestos por debajo de los paneles blancos, plásticos, empujando las muertes pequeñas. Los ángulos en las paredes pintados por la luz de las ventanas apenas, un espacio de fuga, es el ocaso que ventila la podredumbre humana acompañada de pintas de ocio al frente: — si lees esto, eres un pendejo —, una idea pululante, colectiva, y sí, el baño es un espacio de ayuda al desprotegido, ya sea que vengas a morir o que escribas idioteces mientras empujas lo que te sobra.
Sin procurar, observo una ventana al lado izquierdo de mi cubículo y persiste una maceta casi secreta, inalcanzable, roja, de barro, un helecho entrampado, particular, con un matiz verde lechoso, líneas oblicuas en los costados que suben por el marco que encierra a la ventana, y en medio, un caracol, lento, pernicioso, volátil en su paso ondulante, su piel mucosa no deja de transpirar. La lluvia ejerce en él un instinto para salir. Su carcasa, una coraza café teñida con vórtices, con rincones diversos y una certeza, un infinito sin nombre dibujado en su casa.
Hilo este presente con mi pesar, pienso que hace meses que no encuentro un lugar dónde poder estar, se ha escapado la certeza en la puerta que siempre está detrás de mí, esa puerta que cierro para expirar mi visión única sin patrias, unilateral, sin traspiés, ahí, dónde se desvanece un después, un futuro errante. Alcanzo a saborear mi nihilismo de entre la lluvia, etéreo.
Reviro, el caracol sigue encumbrado con su casa arriba, el blanco espeso del celeste atrás, y él, sigue adelante sin trasiegos, en un tiempo sin límites, escogiendo su propio camino, sin ansias, vagando, deslizando el temporal entre hechos borrosos, sin entrañas supuestas, sin prisas, y ahí, seguirá en los andamios prestados sin presentimientos vacuos.
Una sombra asoma de entre la ventana y una mujer toma una fotografía, otra, la lluvia le prestó este instante sin presagios. La miro con pena, me sobra una nostalgia y me ve, hace otro clic y es que caigo en cuenta, sin querer, me he convertido un caracol.
— Tengo palabras concurridas, tardas y es que el sentido de nuestra vida juzga, traba la libertad trasquilada, insalvable y en ocasiones, es una casa. La nuestra — .
Relato del 2016
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