Un perro callejero se acerca y me pide algo de comer, no encuentro algo a la mano para él, en la sencillez de esta mesa de madera solo se pierde una idea tácita: — las personas mutan en los sueños — .
Esta frase determinó el que yo esté de regreso, trabajando en aterrizajes forzosos sobre tierras sin adjetivos. No parpadeo y el estudio enmudece, aún no puede ser futuro. Enfrente, una puerta de dos tablones de madera que me permite una salida al balcón, en la parte de arriba de la puerta, pequeñas tablas en horizontal con algunos resquicios dejan que el estudio se llene de aire, y es entonces que la asfixia personal ha tomado camino. Necesito un doble cortado.
Estoy atado a una plática que no buscaba con Baeza — Xavier no tengas duda, la suerte hay que trabajarla —, sin opción tuve que verlo en ésta mañana, en dónde sin mucho empeño salí y tomé un café, respiré sintiendo como el aire inflaba el cuerpo, como es que mi suerte no la he trabajado para despedir esta necedad y encontrar una certeza ligera. Ahora, la vida es sedienta, casi perspicaz y redoblo el golpeteo con mi mano; una idea me está sobrando y se la comparto: — la suerte no se trabaja, es una cínica escalera tributaria de acciones —.
Me ausento en silencio por algunos segundos, observo como el amarillo del día cae sobre el arco de la cafetería, las paredes están pintadas bicolores por las sombras. Arriba de la taza, café, abajo, crema, y algunas grietas del tiempo en las tapias, detalles que se anuncian con el óxido del día. Él silente toma un sorbo del mezcal, una costumbre intacta, y trato de encontrar una explicación para su figura que siempre encontré fotográfica. En retrato, siento, que lleva a cabo un tipo de guerra personal, que deviene después del tercer mezcal en un estado intermitente de depresión, claro, ya es un actitud sistemática.
Regreso a la plática y escucho como termina su frase: — entonces me pregunté: ¿con quién podría ir para encontrarme con Dios y todos los diablos? y así pedirles una respuesta —.
Algunos perros callejeros siguen pasando al lado de la mesa, tienen más dignidad que mucho del tejido social que nos rodea y Baeza me interrumpe al ver mi mirada perdida en la reflexión: — Deberías escribir tus memorias, podrías contar algo más allá de esa mirada perdida —. Le remito: — no lo sé, pero por sentido común debería empezar con algunos sueños, puede que de ahí salgan algunas buenas historias —.
Entonces me avientan un hueso, me quedo sobre cuatro patas en el piso y empiezo a ladrar. Así me pasa cada vez que estoy soñando, y Baeza, mi maestro, que hace algunos años murió, me pide que escriba mis memorias, ya la respuesta de Dios y todos los diablos, puede sobrar.
Relato del 2016
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