I

Los ríos de la ciudad corrían confundidos,

había visto sus caras, sus rostros,

sin gritos, sin estupefacientes, sin lazos,

aunque, creo, nuestro dolor era individual.

Queríamos pasar algo invisibles, obtusos.

Teníamos un pacto donde caminábamos para sobrevivir,

y exhalábamos por una certeza tajante, pequeña,

diario limpiábamos nuestra fe debilitada,

envenenada por la norma social.

Decíamos, como siempre:

es nuestro pacto social en el ADN.

Decadencia, centellas corruptas en la tierra, centauros de muerte galopando en la sierra,

y tuvimos que cambiar la costumbre por una batalla solidaria sin respiro.

Una tragedia transitoria, inmaculada,

pero la humedad secular los sobrepasó,

les envolvió las gargantas,

sin creer que la espera en el alud tendría un final mortal.

El cansancio no fue más que el poder ciudadano,

dales un rezo y una sábana que limpie la ciudad de las cenizas,

y que los sin techo se abracen del olvido,

del camino, y suelten el óxido del pasado,

de este último desaparecido, de esta última mañana sin reparo,

despertando a diario para vivir en el insomnio.

Qué es sino el reflejo de dejarnos a nuestra suerte

con un puñado de alientos para sobrevivir a partir del vacío,

pero el aire y la lluvia son nuestro cáliz, nuestra fe.

Un escapista, dos, un respiro impar,

y los cráneos sudan como esporas,

caminan entre los desiertos mares,

y la calamidad se sienta en calles sin sombras,

sin alientos que alivien sus miradas.

Me conmueve cada día la suma anónimos instantáneos,

y sus nombres sin insignias eternas,

sus miradas vuelan en un silbido fraternal

y crees en el esfuerzo,

como crees en las lágrimas súbitas de una emoción infinita, obligada.

II

Sí, quieren despojarnos a diario de la fuerza,

nos escupen con noticias, nos avientan frialdad institucional,

pero seguimos y sin saber sus nombres, vitoreamos a los desaparecidos.

Lo oficial da una razón casi impoluta,

y ahora debemos crecer con la maleza de concreto

y dar por sentado una sentencia casi inmediata,

inequívoca,

y no, señores sin oficio,

ahora lo que queremos

es que se cimbren con nuestra realidad.

Andrés Villela, 2018


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