Los antihéroes en el cine han tenido un papel de válvula de escape para la sociedad más de a pie, más de los que conocen los matices de la vida, centrándose en los múltiples grises de la violencia, dónde lo bueno y malo juega un papel de arma de doble filo, confrontándonos al límite de nuestras posibilidades, de nuestras decisiones, cuando la vida o la muerte son nuestro parámetro para decidir, y ahí, Brian de Palma se coloca sin tapujos con sus trabajos, en el borde del quehacer humano.
En este caso, Scarface, es un proyecto que se ha convertido de culto, donde vemos una sociedad norteamericana en la orilla, en la invitación para ser parte del paraíso adscrito a nuestros peores rostros. La película se centra en imágenes de una Miami impune, la ciudad baluarte del exilio cubano, secuencias que nos cuentan una historia en medio del juego, la mafia y los olores al extremo, envueltos de alcohol, polvo y pieles sudorosas a partir del placer, de la adrenalina, de la furia, que caen ante el vacío, ante uno mismo, construyendo un altar al dios que se perdió en un juego de cartas.

Tony Montana, interpretado de manera apabullante por Al Pacino, ha jugado un papel «referente» en la cosmogonía del deber ser ante cualquier circunstancia, hablando de un ambiente carente de leyes como la Florida en la década de los 80´as, donde el corromperse era, es, un acto casi natural. La construcción del personaje, nos ha dejado a un Montana sin restricciones, sin memoria como migrante cubano, un tóxico carismático que se regodea en su nihilismo, todo en vías de reconstruirse a partir de cero, logrando abrirse camino a partir de muertes, traiciones, y una mirada perdida en medio de un gran lobby con la nariz salpicada de podredumbre, convirtiéndose en un líder de madera, remplazable, dónde sus sueños se han disuelto en cocaína, paranoia, y así, caer sin escalas hasta al final, en un acto trágico sin falsas expectativas, dónde la pareja creativa de Brian De Palma en la dirección y de Oliver Stone en el guion, han logrado salpicarnos de principio a fin de una historia sin censura, sin tapujos y con toda la carne viva por delante.
Scarface, es una adaptación de una película del año 1932 del mismo nombre, donde en esta «interpretación» Brian de Palma logra replantearse y apropiarse de esta historia desde la astucia y el cinismo, logrando consolidarse como uno de los directores de la generación «New Hollywood» más «reales» y sin consideraciones con los espectadores. La patología social es de quién la trabaja.

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