Ser parte de algo global, universal, es una percepción en principio, algo, diríamos, pretenciosa, en mi caso, creo no me ayudó mucho el haber visto mucha televisión de pequeño, a la par de ir construyendo mi propio mundo y poder ser el rey, cosa que sin duda me parecía bien. Sí, sin nadie a quién ordenar, pero también sin nadie con quién competir. Aunque claro, cabe resaltar que soy el mayor de cuatro hermanos, y la gente en algunas ocasiones, me podría ver como se ven a los hijos únicos, algo egoísta y ensimismado.
Es por eso que nunca intenté ubicarme en algún grupo en particular a la hora de los juegos, me parecía impensable siendo el rey de mi hábitat individual, y aparte, me generaba mucha ansiedad, así que al ir creciendo me costaba la idea de querer pertenecer a algo.
No es que me la pasé mal, tenía amigos y podía hacer muchas cosas como los demás, es más hasta podría sobresalir en algunas ocasiones, pero siempre al querer dar un paso más fuerte y consistente, comprometerme, pues terminaba por hacer berrinche y renunciar a las pertenencias. También, no olvidemos que parte mi infancia se vio reflejada por múltiples mudanzas, devaluaciones y demás bondades sociales. Escamotear era mi pasión.
Caía el muro socialista, la Perestroika y el muro de Berlín fueron los primeros atisbos de una democracia naive para todos, sin bloques económicos, sin guerras frías. La libertad pagana ya tenía un altar en medio de la Europa Occidental.
Entonces escuché el término Generación X y ubicándonos en contexto, fue en la preparatoria, por ahí del 91, y saben, me gustaba la sensación de pertenecer a algo en medio de tantas tribus de la Ciudad de México: los fresas, los punks, los rockers, los satelucos, el barrio. La idea de generación X me pareció algo ¿global? Aunque en esa época no existía ese concepto, era un draft sin escribir. Sí, era mi imaginación tratando otra vez de escaparse por la tangente y ser parte de una generación que sucedía en otras latitudes, que chingón.
La X en las matemáticas se refiere a una variable desconocida o a un deseo no definido. Ese vacío había que llenarlo de alguna manera y lo hice con música.
Los trendings en ese momento podían ir de una lugar a otro en un lapso de meses, semestres. La TV satelital era para unos cuantos aún, y el internet no estaba desarrollado, si no mal recuerdo aún no había mails, por ahí estaba de incipiente el ICQ. Sí, también era una ciudad diferente, que olía a democracia recién, con la llegada del PRD y Cárdenas estábamos tomando las calles para conciertos, festivales, plática de banquetas con caguamas y caribes cooler en la Colonia Roma. En específico en la calle de Mérida, entre Puebla y Durango, estaba un spot que vendía hamburguesas con unos cuartos alrededor de una plazuela techada, que funcionaba como cafetería clandestina, donde vendían en algunas ocasiones drogas, y casi siempre, cervezas. Fue la época del Dynamo de Soda Stereo, lo primero de Fobia y los atisbos del grunge.
En si cuando leí de los primeros ensayos que hablaban de la Generación X, uno de ellos decía que probablemente mi generación era la primera en nuestro país con una cultura ampliamente pro norteamericana. Creo, lo leí en La Mosca, reflexioné y en la construcción de identidades, preguntas, vi que podría entrar en esa idea cual zapato al calce, mi clase media llena de turbulencias y pretensiones, así me lo permitía.
En medio estaba el grunge, y la voz de Kurt Cobain nos daba una explicación abrupta, casi nonata de lo que estaba pasando y entendimos que el pop podría estabilizar la masa uniforme social, pero iba a terminar por romperse por el lado más verdadero, ahí fue donde algunos vimos lo que podría ser el futuro, pero este faro murió en 1994 dejándonos huérfanos con una vela celofán, de dónde salía una flema pequeña, quebrada por el cáñamo, delimitando nuestras respuestas a la vida digital, siendo una generación que creció desde Silicon Valley, donde el emprendimiento de la libertad terminó por vender cajas de democracia desechable.
Así reconocí nuestra Matrix, sí, con la X al final para que resalte, y por fin, logré despejarla.

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