De Emigrante a Bardo: Historias de Vida en D.F.

Escrito el 11 de noviembre del 2009

El tránsito de vida me tiene de regreso en D.F. La emigrante situación desnuda las carencias de los reencuentros: ¿qué tanto puede clonarse una persona, una ciudad? ¿Hay ideales oxidados al final de este pensamiento? ¿Qué tan grande es la metamorfosis gaseosa de uno cuando se está lejos de los propios y los extraños? No hay muchas respuestas, solamente sorpresas tácitas de la urbe, de los amigos, de la familia.

Entonces, los asombros, las imágenes: grandes edificios en la Anzures y en la Nueva Polanco, con familias verticales, hipotecadas con la crisis, con alturas increíbles y permisibles en un país, donde todo lo es; máquinas de construcción que levantan bloques de la nueva arquitectura, lenguaje pop en brochures con unidades habitacionales mostradas como pequeñas ciudades, como pequeños olvidos del futuro capitalino.

Mi Tracker 99 importado de Cancún, apenas y se muestra en un tráfico neurótico. Sigo rodante: Río San Joaquín es una vía dialéctica, onomatopéyica. Veo por el retrovisor de la memoria que algunas calles y avenidas ya tienen extensiones para las vías del Bicentenario, como si el festejo fuera un pretexto de crecimiento. Un pretexto, sí, para que la neurosis sea colectiva. Derivo sintomáticamente en el ego de Peña Nieto y la continuación del piso obradorista en Satélite: columnas y columnas que me hacen olvidar al armatoste del Toreo de Cuatro Caminos. Cuando creo que por fin respiro, aparece lo que dejé en su momento (hace un año y ocho meses); ahora huele a mediodía citadino y concluyo: el defeño es un ser lleno de regeneraciones continuas y yo, ahora, soy un bardo regenerado.


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