El Teatro Metropólitan luce a reventar desde la acera de Ayuntamiento, la gente camina sin atisbos, es un río de pasiones que se enerva, brioso, ansioso. El torrente corre en medio de las luces que alimentan el garbo nocturnal, y los olores… una mezcla infinita a Ciudad de México, al aire vuelan los sudores, cañerías, tacos al pastor baratos, y Ray, corre para entrar al vestíbulo, con el boleto en mano, hace algunos minutos que perdió a Verónica en la entrada. En una cafetería, en una plática, en tono de broma, hablaron de la posibilidad, de un juego para extraviarse en este concierto, entonces compraron boletos en asientos alejados, aleatorios. Su objetivo, sin mucha intensidad, es poder hallarse en una canción, en alguna estrofa y, después, conversarlo, o dejarlo en el olvido, no supieron ¿Romanticismo?¿ocio hipster para espabilar el aburrimiento? Era como un juego de cartas sin haberse marcado, para provocar a la costumbre, al hastío.
La expectación previa del recital es como un coloquio infantil que vuela por el lobby art déco del teatro, mientras que el público asistente se mueve entre conversaciones mezcladas sin un orden particular, el baile universal en un fiel retrato. Ray bebe una cerveza en la barra instalada en la planta baja, en medio del bochorno provocado por las filas de figuras citadinas con sed, todos justo al lado de los baños, mientras Verónica, espera en un barandal del segundo piso, viendo a los caudales de espíritus que se entrelazan para llevar un ritmo sin nombre, sin razón, ella, una estatua de sal esperando a que Fito Páez empiece a cantar.
La comunidad argentina en México grita (habla) en los pasillos, boludeando la intersección con sus pares mexicanos, y aparece el frío de octubre que se escurre por las gargantas sin bufanda, algunos se frotan las manos. Las paredes murmullan, son ecos que no dejan escuchar al silencio, y Ray camina hacia la puerta que divide el lobby del teatro, alcanza a ver que el recinto está lleno.
Más personas siguen arribando al teatro, de entre el alboroto un perfecto desconocido saca el celular y pregunta: “¿Dónde estás?, yo estoy aquí en el lobby, sí, aquí al lado de la columna, en la puerta, sí, amor; ¿cómo que no me ves?, sí, aquí estoy… Martina, aquí estoy”. Cuelga, exasperado, frágil.
Ray se encamina trastabillando como puede al asiento que le corresponde, mientras Verónica va más pausada, casi volando, los pies se acomodan como garza, elegante. Él cae abrupto sobre la silla, ve hacía los lados, y ella, sin improvisar, como coreografía, seduce al instante. A un lado de Verónica traen la bandera argentina y el «dale alegría a mi corazón» se presenta en gritos coreados, ella, ríe sin excitarse, y se abalanza hacia adelante, buscando a que empiece el concierto. Atrás de Roy, del lado izquierdo, están tres personas, en la diferencia de edades y de apariencia, junto con la playera de club de fans confirman que hay más de un loco en la ciudad.
El foro sufre de un paro respiratorio ante la expectativa; en algún punto llega a ser un estado ceremonial, pero un murmullo anarquista mata al espíritu de la solemnidad. Se abre el telón rojo, pesado, histórico, aparece el artista rosarino, de en medio de sus músicos, todos aplauden sin crispar, sin preguntar, vítores se estrellan como mareas libertinas, Fito se sienta en el piano, comienza el concierto y la armonía pasa por la mano de Ray, marcando los tiempos en cada acorde. Verónica extiende sus brazos esperando que la luz del escenario sea lo suficientemente melódica para dejarse llevar. Páez se proyecta con intensidad y Rosario aparece orgullosa de su hijo pródigo, que canta sin cesar en esta capital mexicana. La pequeña orquesta de cuerdas está atrás, adelante la batería y un contrabajo, en medio el flaco y su piano, inerme, artista.
Las manos y los brazos en el recinto se abaten al unísono, las cabezas son un mar de movimientos pendulares y las voces se contraen. La fuerza y la idea de cantar los deja en un lugar sin paralelos, irrepetible, para que el público pueda darse cuenta de que la vida se sigue en cada tono, en cada acorde. Cada melodía golpea las emociones de los asistentes, siendo particulares, diferentes todas, las apretuja, las asfixia sin anestesia, y el teatro, en su generalidad, cercena caníbal el presente.
Termina el concierto, un aplauso total colma cada uno de los asientos del Metropólitan, la gente se volcó en la catarsis, fueron partícipes de un performance colectivo, eclesiástico.
Ray va hacia la salida y ve a Verónica recargada sobre la puerta del teatro. La luz le degrada el cabello café, una mueca se apoya sobre su boca delgada, los brazos cruzados, las piernas largas en compás de espera. Él baja sincopado las escaleras como en película pop noventera, donde el tiempo se alarga ante la expectativa y ella lo abraza, le dice algo mientras se acomodan al paso. Terminó la travesura, ¿repetirla?
Ambos caminan para dejar atrás la luz del teatro, poco a poco se van degradando en la oscuridad, apenas se sostienen del poste persistente de la Avenida Juárez; sin pretender, van dejando atrás a la muerte enamorada, que los ve, al lado del camino.
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